La envidia corroe corazones

Por: * Dado Moura



Todos los días hacemos una nueva experiencia en lo que se refiere a relaciones en las más diversas esferas de nuestra vida. Desafortunadamente, en muchos de esos momentos acabamos por experimentar situaciones de desconfianza, enojo, ingratitud y celos. Es  natural, somos seres humanos y esas emociones hacen parte de nuestra naturaleza. Pero, de todas las emociones negativas, tal vez la más tóxica sea la envidia. Similar a los celos, ese mal puede instalarse en todas las relaciones, sean ellas familiares, comerciales o sociales. 

Envidia es un sentimiento traicionero. Muchas personas creen que no son capaces de codiciar hasta ser enfrentadas por situaciones nuevas e incomodas, como por ejemplo, el éxito profesional ajeno. Un hecho que debería ser conmemorado por todos, pasa a tornarse motivo de discordia y tribulación para muchos que conviven en aquel ambiente. Lo que las personas deberían entender es que nadie es mejor que nadie. Somos todos diferentes y complementares. Cada uno tiene su espacio en la sociedad. No necesitamos tener subordinados para sentirnos superiores.  

La manifestación de la envidia muchas veces puede confundirse con otro sentimiento que también provoca inestabilidad dentro de las relaciones: los celos. Son sentimientos muy próximos, con todo, los celos suceden cuando nos preocupamos en perder aquello que tenemos, sea el amor de una persona, un bien o una posición social. En el caso de la envidia, la persona codicia el objeto de conquista del amigo, del hermano, del vecino... Y no siempre esa avidez puede significar codicia por un bien material. A veces, ese sentimiento se manifiesta cuando el envidioso percibe la manera como alguien se viste, las amistades que determinada persona pueda tener, la calidad de relación en una pareja o la armonía dentro de una familia. 

El sentimiento de envidia incomoda y corroe la autoestima de la persona que lo carga. Quien tiene envidia cree que las cosas en la vida del otro suceden  con mayor facilidad. Y por no conseguir alcanzar sus objetivos o ser reconocido en un área en que el colega fue exitoso, la persona envidiosa se rehúsa a celebrar sinceramente la conquista del otro; no consigue compartir verdaderamente sus victorias sin ocultar su desdén. 

O envidioso tendrá siempre alguna cosa para contradecir al colega exitoso en la intención de desviar el foco de la plática u ofuscar su imagen con comentarios que intentan quitar su credibilidad. Como pecado capital, esa debilidad se desdobla en otros sentimientos negativos y se multiplica en manifestaciones de ingratitud, enojo y maltrato a alguien que nada le hizo, ni le causó algún daño. 

En verdad, la envidia es el resultado de la falta de empeño de alguien en la realización de sus propias metas y de su poca conciencia sobre su valor personal. Como todos los otros sentimientos dañinos, s no buscamos la corrección para ese mal, podemos perder relaciones valiosas. Todo mal sentimiento germina donde la semilla del amor no fue cultivada. Entonces, para erradicar sentimientos nocivos, debemos aplicarnos en amar concretamente a las personas a nuestro alrededor. La vivencia del amor en el día a día es capaz de condimentar nuestros lazos con virtudes como la paciencia, el respeto, la templanza, la generosidad. Quien ama se hace uno con aquellos que se alegran y solidario con los que sufren.

Un abrazo,
Dado Moura

 



 
Contracorrente
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